El intelectual y la política

Recientemente tuve la oportunidad de conversar con un científico británico, quien me dijo que no le interesaba la política. Graduado de un doctorado en biofísica de Oxford, no entendía cómo no se aplica el método científico a las problemáticas públicas: 1) Definición del problema, 2) Formulación de hipótesis, 3) Experimentación y 4) Evaluación de resultados. Para él, cada política debería tener un código al igual que cada experimento. La evidencia y los datos deberían determinar la necesidad o no de avanzar en la asignación de recursos. De ahí que sugiere la realización de simulaciones previas que orienten la aprobación o no de una norma. Para el exgobernador de Massachusetts, Deval Patrick, la política era antes una combinación de sustancia y teatro, hoy es solo teatro; un escenario bastante alejado del pensamiento de un científico, lo que explica su desinterés por este mundo.

Esta conversación me hizo acordar del famoso discurso del primer presidente de la República Checa, escritor y dramaturgo, Václav Havel justamente en la universidad de Oxford y titulado “El intelectual y la política”. Havel fue encarcelado numerosas veces por su defensa de los derechos humanos. Para él, un intelectual es una persona consciente de la existencia de causas y conexiones amplias y profundas que explican la realidad, y de esta conciencia se deriva un sentido más amplio y profundo de su responsabilidad ante el mundo. Por consiguiente, para Havel un intelectual no solo pertenece a la política, sino que debería dedicarse a ella. La política no debe despreciarlo y el intelectual no debe despreciar la política.

Según Havel, el mundo requiere hoy más que nunca políticos ilustrados y reflexivos, que estén dispuestos a elevarse por encima de los horizontes de los propios intereses y actuar de acuerdo a los de la humanidad. En sus palabras, nunca antes los políticos se habían sentido tan impulsados por preocupaciones de corto plazo y, por lo tanto, con poca visión de futuro. Cuanto menos favorezca el momento actual a políticos que practican un pensamiento de largo plazo y global, más deberían ser apoyados y bienvenidos los intelectuales a la política. Finalmente, concluye que la participación en política se puede dar de dos formas: una, aceptar un cargo político, y otra, asegurar que los políticos estén al servicio del bien.

Algunos dirán que este discurso de 1998 es cosa del pasado y que tanto los políticos como los intelectuales tienen roles diferentes, que la sociedad necesita. Sin embargo, antes de las labores de cada uno, todos somos ciudadanos y tenemos el deber de participar en política y aún más quienes cuentan con más capacidades. Estoy convencido que las contribuciones de aquel científico británico con el que conversé serían invaluables.