Este martes, justo cuando conversábamos en familia sobre el estado de salud del padre Gerardo Remolina Vargas S.J., recibimos la noticia de su fallecimiento. Tenía 88 años. El golpe me generó un silencio de negación y una profunda tristeza al recordar gratos recuerdos y profundas enseñanzas. Mi papá decía que él era lo mejor de la familia Remolina. El tío Gabriel señalaba que Dios le había otorgado la sabiduría e inteligencia de toda la familia.
No se equivocaron. Nació en Piedecuesta y se graduó del colegio San Pedro Claver de Bucaramanga. Luego, estudió teología y obtuvo un doctorado en filosofía de la universidad Gregoriana de Roma. Era un políglota, sabía francés, alemán, inglés, latín, griego e italiano. Fue Provincial de los Jesuitas, decano de la Facultad de Ciencias Sociales, profesor emérito de filosofía y rector de la Universidad Javeriana por 9 años, entre otras posiciones. En su rectoría, la Javeriana fue la primera universidad en Colombia en recibir la acreditación institucional de alta calidad. Un hito en la educación superior.
Fue autor de innumerables libros y artículos, tales como “Karl Jaspers en el diálogo de la fe” (1974), “Voces de un vigía: reflexiones y mensajes de un rector universitario” (2009), “En el mar de la duda. Navegantes en pos de la verdad” (2021), “Los fundamentos de una ilusión ¿Dios y la religión, ilusión o realidad?” (2016) y “La universidad en la encrucijada: Un panorama histórico y prospectivo” (2024). También escribió sobre la muerte y cómo esta se convierte en un nacimiento. Escribió hasta sus últimos días y tuvo la entereza de debatir con personas con visiones contrarias. Fueron épicas sus conversaciones con Richard Dawkins, uno de los grandes científicos de nuestro tiempo y referente del ateísmo. Para el Padre, “del diálogo ambos deben salir vencedores, porque ambos se han enriquecido”.
La vocación de Gerardo al servicio de Dios y el país fue infinita. Se caracterizaba por su humildad, serenidad, claridad, carácter, calidez humana, ponderación y sabiduría. Me encantaba encontrármelo para hacerle preguntas difíciles, que siempre abordaba con facilidad. Era un padre de avanzada. Hablaba con propiedad sobre la inteligencia artificial. Señalaba cómo los “robots son más humanos y los humanos más robots”. Fue un estudioso del rol de la educación y de la universidad. Decía que “la enseñanza no es echarle cargas y cargas al navío sino desplegar sus velas para que el viento lo lleve y sea verdaderamente creativo e innovativo”. Ante la pregunta, ¿Para qué la educación?, respondía: “para aprender a aprender, aprender a emprender y aprender a desaprender”. Tenía un aura especial. Imposible olvidar aquel momento en el que me dijo que para él la palabra más linda es “gracias”. Padre Gerardo: gracias, por tanto.
